EL DÍA QUE LLOVIÓ ARROZ. CUENTO.
-José Antonio: ¡trae varias pacas José
Antonio!-
El día que llovió arroz
Un olor a vela penetró entre las hendijas
de bahareque, Doña Francisca percibiendo la
presencia de la muerte reprendió el aroma: juscarajo! ¿A
quién velaremos? ¡Ave maría purísima!
Y escupió en tierra, como si quisiera detener un evento.
Besó un crucifijo y
volvió a gritar:
- José Antonio! Ya estás jugando bolitaéquiñe, Muchacho de Dios,
ensilla el burro, ve por la leña y también arranca la yuca del almuerzo.
Con parsimonia el muchachito emprendió la tarea, mientras andaba
de camino, lanzaba
piedras con una honda
a todos los pájaros que veía. Quería atrapar un mochuelo.
La mirada de José Antonio se perdía entre los
colores de los árboles tratando de
encontrarlo, para que con su cantar conquistara a
Crisalda, la más bella de las Pacheco.
Un golpe con la resortera de caucho fue
fulminante para que el animal de ojos amarillos
cayera privado en tierra, al
tiempo que recitaba con voz animosa una vieja canción:
- tu cantar tu lírica canción es nostálgica como la mía, porque mochuelo
soy también de mi negra querida.
Al llegar a casa, Cisca interpeló al muchacho:
- Dime José Antonio, ¿por qué te demoraste? Y pa vé que'jeso que
traes ahi escondio-
sacudiéndolo le decía: volviste a cazar animales pa
dejarlos morí del hambre, cuando yo
me muera quien sabe cómo
van a hacé con la animalera esa, esos pericos y esas
palomas, si yo no los
alimento nadie más, cuando falte hasta los animales esos me
van a extrañá.
Doña Francisca De la Rosa Rodriguez, Cica
como la llamaban, era la menor de tres
hermanas, era morena, su cuerpo y caderas exagerados como los de una potranca,
despertaban la lujuria y el deseo de su marido cada que llegaba del
monte.
Había criado a tres generaciones: entre hijos, nietos y bisnietos, bajo mandatos de
regaños, cogotazos y una que otra
malquerencia.
Todas las noches Cica y su marido Ramón, bajaban al pueblo, él con
su vieja chaza de
ruedas y un radio de baterías que alegraba las noches
del viejo parque, con su
tradicional venta de: mecatos, bolis de cola con leche, canela y
nuez moscada,
crispetas dulces y saladas, chichas y un sin
número de dulces, que le revolvían la
amibiasis de los niños lombricientos y sanos, quienes jugaban siempre las escondillas
entre
los árboles y rincones del único lugar de recreación que existía en el pueblo.
Mientras, Cica se quedaba en la casa de sus hermanas Erótida y
Ada, pues como era
costumbre, darían
fresco a la lengua, con los mejores chismes de la localidad, mientras
se leían
las cartas entre
ellas mismas.
- miren, ahí va la hija de Glorita - decía Erótida-, se ve bien
gorda ¿no? Por ahí dicen que
esta preñá. Jummmm el matarraton de la casa
está bastante florecío, y ese palo en
Marzo no florece, y si lo
está es porque alguna peleíta se quiere ir de la casa, y a mí me
parece que esa
muchachita esta como con ganas de
rejuntarse, con el pelao ese, el hijo
de ña´ Carmiña.
- Tú que dices Adita,
¿será que sí?
- A mí me lo parece que sí- Respondió la otra-
Y si lo está lo aborta porque con lo jodio que es el pae, y si
anda escabrincá con ese pelao
pues mejó
que se vayan a viví pa está con esa mala vida que le dan- Opinó Cisca.
Ombe Cisca - dijo Erótida- mejó vamos a leerte las cartas, y es
que hace rato que no sabe
mos ni que numerito podemos jugar, a ver si nos
ganamos el chance.
Erótida abrió el naipe y mientras revolvía las cartas, una brisa fría entró por el patio, a su
paso tumbó un cuadro de la sala quebrándose en
pedazos.
- ¡San Matías bendito!!! Gritaron alocadas las tres hermanas- que se vaya la muerte
por donde
vino.
Asustadas recogieron las sillas y se entraron a la casa.
- La muerte anda rondando el pueblo hermanitas - dijo Cisca- esta mañana me pegó un
oló fuerte a vela, como
si alguien estuviera velando algo. Es mejor recogerse temprano,
ya no se
puede estar tarde en la calle.
A Cisca le gustaba cocinar, siempre que le llegaba la plata fría -
como ella le decía al dinero
enviado por sus hijos desde Bogotá- compraba el arroz
por bultos, pues según ella, era
mejor
que faltara cualquier cosa antes que el apetecido
cereal. Solía siempre cocinar
en cantidades
- Es mejor que sobre y no que falte, porque si llega una visita ahora pa semana santa,
entonces hay comida pa todo el mundo- solía siempre decir.
Las mañanas del mes de marzo casi siempre fueron ardientes, la
brisa de verano
soplaba entre las hojas de los palos de mangos formando
ecos misteriosos.
Ese jueves el sol
brillaba más, la temperatura
estaba infernal, Cisca tomando
reposo entre los oficios, repetía varias veces:
-que japdentia nojoñe, vamos a morí es quemaos. Y cada que daba
escobazos repetía la
frase: qué calor! Como si repitiéndolas atenuaría la
ardentía que sentía su cuerpo.
Terminando el almuerzo, cuando ya había apagado los tizones, la mona su hija menor,
irrumpió la tranquilidad de la siesta que hacía Ramón en
el chinchorro de pitas:
- ha muerto la vecina mamá,
dicen que no aguantó el fogaje y cayó como pollo ahogado –
Cisca sollozando decía: yo sabía que ese mal decío oló
no podía ser sino la muerte, pobre Josefa.
De inmediato se puso la ropa negra y tomó la comandancia de la
casa de la difunta,
y en forma de ritual empezó a organizar: armó el
altar con el cristo que heredó en la
mortuoria de su mamá, hacía más de veinte años, y con el
cual se había llevado a
cabo casi que todos los velorios del pueblo, puso el vaso con agua con algodón para
las
animas, junto con una flor de bonche para
la virgen y un cuadro de madera
con la foto
de la difunta.
Después, y bajo el ardiente
sol de media tarde, se puso a barrer el patio, levantó hojas
secas de los
almendros, mientras en un soliloquio
decía: - Pobre Josefita, tan buena que
era, ahora ese viejo queda solo, jum o
quien sabe, porque con lo mujeriego que
es, ahora
seguro que con más descaro se revolcara en el potrero con la vieja Felipa, pero Josefita
lo
verá desde el cielo, y sabrá todititas las cosas malas
del viejo Eduardo, pobre Josefa
murió engañá....-
Al termino del día, Cisca se fue con la satisfacción de haber organizado el entierro, esa
noche se sentía más tranquila que otras veces, los
calores de la menopausia no le
molestaron, dolores en el cuerpo
no hubo, tan tranquila estaba que olvidó ingerir
sus
medicamentos diarios.
Al día siguiente, temprano
en la mañana, noto que Ramón ya se había levantado primero,
tanto durmió que olvido que debía madrugar para
alistar el desayuno de su esposo.
- Santísima Virgen del
Carmen, mi viejo se fue sin comerse el arroz con café. Sin pensarlo
dos veces,
se bañó al pie del tanque, se puso una ropa vieja y comenzó a barrer el
patio,
limpió los tanques del agua, alimentó a los más de
veinte animales entre perros,
palomas,
patos, cotorras, pericos y canarios. Mientras desgranaba el maíz para las
gallinas, sintió un sabor a chicha de maíz
en su garganta, por ello pensó ir al
mercado a comprar un poco de éste, para hacer
arepas y chicha, y así
congraciarse
con su esposo por no haberse levantado con él.
Así que termino de organizar la casa y se fue hacia el pueblo.
Cuando se disponía a salir su
hija desde
el cuarto le gritó:
-mamá, acaso no ve que este sol está bien encendido y usted se va
pal pueblo, cuidao
con estos calores. Qué tanto es morirme, mija
– respondió- mañana me velan a mí
también. Y con un golpe cerró la
puerta.
Cisca bajó al pueblo. Mientras compraba el
maíz que necesitaba, una sensación de calor
sacudió todo su cuerpo, la sangre
le hervía con fuerza entre sus venas:
Ufaa! Qué calor tan infernal está haciendo
Don Luis, tengo hasta mareo, ufaa!
- cuídese doña Cisca, no crea usted pero
estos calores no están para uno descuidarse con
la salud- dijo el tendero.
Yo no sé qué estoy sintiendo don Luis,
mejor empáqueme las cosas rapidito que me voy pa
la casa.
Mientras caminaba hasta su casa Cisca
recordó el día que su madre le enseño a cocer.
"La costura es como la vida Cisca, debes hilvanar bien el hilo
para que la costura quede buena, sin enredos, así mismo debes emprender buenos
propósitos sin enredos, sin ser egoísta
para que tu vida quede bien realizada"
Un frio heló sus piernas,
sintió la necesidad de llegar rápido a su casa.
Cisca, Cisca ¿no vas a entrar? Cisca oye-
le grito Erótida desde la puerta-
Pero solo dijo a Dios con la mano. Sentía
que no le alcanzaría el tiempo para hacer los
oficios de la casa, pues ese día
enterrarían a su vecina. La recordó cuando en una de
las tantas tardes se
sentaban bajo el palo de mango rodeadas de nietos, conversaban
sobre sus vidas,
sobre bebidas y purgantes para desparasitar a los pelaos más pequeños;
sintiendo en su corazón que su vecina y comadre, difunta ya, partía. Lo que
Cisca no sabía
era que Josefa, mujer
bailadora, de esas que amanecian en las fiestas, siempre le ocultó
su gusto por
los maridos ajenos, en especial por Ramón, cuando muchas veces desde su
cocina
lo observó bañarse tras el platanal, admirando aquel miembro que la hacía
estremecer de llanto y gusto todas las noches en ese mismo lugar.
El camino a casa se le hizo más largo que
de costumbre. Cuando llegó notó que su esposo
aún no había vuelto, lo cual la disgustó porque debía entonces
moler sola el maíz.
Organizó la mesa para moler, y en la primera vuelta del
molino, su corazón se calentó, un
dolor en el pecho ahogaron sus palabras, bastando sólo un suspiro para que Cisca
cayera
en tierra, mientras que en sus ojos, una lágrima se asomó.
- Mamá siempre fue buena, te acuerdas las
veces que nos limpiaba la piel con agua de
caléndula, nos hacía purgar cada mes
y hasta nos daba rezos para que las culebras no nos
mordieran. Fue injusta su
muerte José Antonio- decía en medio de llantos La Mona, al
tiempo que Jose
Antonio lloraba amargamente.
El calor de las tres de la tarde se
apoderaba de la iglesia, un ventilador parsimonioso
refrescaba al sacerdote
quien hacía lo posible por agilizar la predica que no duró sino lo necesario.
Una mujer empezó el murmullo entre los asistentes.
-La
muerte está rondando las calles del pueblo-
No
falto el que solicitó al cura que regara agua bendita a todos los asistentes
porque hacía
mucho tiempo que no morían
dos personas de seguido, y más siendo vecinos. Y peor aún
por la misma causa,
tras los estragos del calor.
El féretro de Cisca estuvo acompañado de
una gran multitud, la familia De la Rosa
repartida en todo el caribe colombiano
y Bogotá, se reunió a acompañar a la difunta,
muchos fueron los llantos y
remilgos que se escuchaban. Erótida tuvo que ser reanimada
con ungüentos y
untadas de alcohol, no faltó el que dijo que en el cementerio había una
bóveda
destapada y que ese muerto estaba neceando por el pueblo y que de paso debían
cerrarla antes que la tragedia fuera peor.
Tanta era la multitud que en la vía se
formó un trancón al costado de la carretera troncal,
buses, motos, camionetas, todos querían avanzar pero la gente
no dejaba. Sin embargo,
un desesperado conductor trato de esquivar el entierro pero al
querer hacerlo se desvió por
una trocha de camino sin percatarse que el terreno
estaba hueco, entre maniobras del
carro este se chocó contra un árbol y una
lluvia de arroz se presentó en el instante.
-Se volcó un carro de arroz- gritó alguien
entre la multitud. Todos los asistentes al funeral
desesperados cruzaron hasta
el otro lado donde estaba el accidente y sin percatarse si
había heridos o
muertos, comenzaron a cargar con las pacas, bolsas de arroz que estaban
en el
suelo.
Motos, carros, carretillas, baldes, de
cuanto chocoro existía fueron llenados y cargados con
el cereal, la multitud
enardecida entre ellos mismos peleaban por llevarse algo, nadie se
acordó del
féretro, nadie lloraba, de momento, la tristeza se volvió alegría, entusiasmo
por
obtener una bolsa de arroz, tanto fue la euforia que hasta familiares de
Cisca llevaron arroz.
Mientras que en el cementerio, y entre
llantos, La Mona también gritaba:
-José Antonio: ¡trae varias pacas José Antonio!-
En medio de la confusión, y con los dolientes que quedaron, fue
enterrada la difunta,
llorando Ramón decía:
-Ay niña Cisca, como bien tú lo decias: “Es mejor que sobre y no que falte” y aquí sobro
mucho mija
mucho, ay Cisca, ahora sí mija, ahora sí habrá en tu velorio comía
pa too el
mundo mija. Todo lo hiciste bien, hasta las palomas mija, hasta las palomas
tendrán su arrocito.
Cisca fue enterrada en
medio de la confusión y la alegría de la multitud, quienes
agradecían a la difunta por haberse despedido tan acomedidamente. No faltó el que
antes
de cerrar la bóveda echase una bolsa de arroz a la difunta con el
pretexto que quedaría
para la historia del pueblo la muerte de Cisca como El DÍA QUE LLOVIÓ ARROZ.
Gizeh Marjo.
A Lalito.
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